September 2018 1 23 Report
ME CORRIGEN COMAS Y PUNTOS Y COMAS DE ESTE OTRO PARRAFO?. GRACIAS

Y Linares, humanizado por las hermosas y sanas experiencias que le dio la vida desde la cuna misma; en sus canciones y en su poesía recuperó muchas de esas vivencias acumuladas, guardadas en su corazón de niño bordeando el arroyuelo y las consagró y las plasmó en su canto y en su música regional.

Nunca trató de imponer nada. En sus charlas a lo largo y a lo ancho de la provincia y del país siempre sembraba sugerencias; no pretendía definir una posición exclusivista sabiendo que a los pequeños como hizo su madre, hay que enseñarles a descubrir y conocer su querencia; donde una riqueza encontrada en las simples cosas; en el vuelo de un pájaro; en el correr de un arroyo o en la soledad de un pescador espinelero, los llevarán hacia rumbos positivos en la vida.


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¿Me corrigen este texto poético. Comas, puntos y comas y algún otro error que encuentren?. Gracias. En el filo de las islas se ha degollado la tarde. Las sombras van devorando los detalles, pero sobre la línea de los lejanos alisos y sauces que retienen aún las claridades, resisten retacitos de luz. Los niños miran, cantan, juegan y tejen anhelos y quimeras; los viejos observan el cielo y las nubes, averiguan en ellas el tiempo que hará mañana. Poco a poco, la costa se va poblando de estremecimientos. Se insinúa la sinfonía del ocaso con un adagio a cargo de las guitarras invisibles del pajonal; luego la melodía se afirma en la flauta chillona de los grillos que dialogan con el rumor de los montes. Los ceibos se desangran por unir su canto al concierto ribereño. Hay angustia en la ribera. El río, viejo cantor, el que andaba y andaba… ha detenido un poco sus pasos. Se va la tarde con el silencio triste de los espineleros, con el rumor de una canción de cuna montielera, con el canto tristón de los crespines. Los sonidos del ocaso recorren todos los matices, desde el crescendo de los sauzales hasta el canto monótono y fresco del río al pasar. Toda la tierra respira un largo y poderoso aliento de tristeza. Las manos de los pescadores están cansadas y olorosas; vuelven con los remos y las redes en el hombro y con la tristeza en el alma. En el cielo han visto un reventón de estrellas, parece que colgaran en ese azulado todas las espuelas de aquellos gauchos que conoció en la estancia de su tío Manuel allá en “El Yeso” y que llenaron de luz su vida. El crepúsculo que se acerca a pasos agigantados engendrará pesares y calmará fatigas. Un último “caserito” pasa en tajante vuelo, como un cacharro con alas. Lo demás, ya es pura sombra, buena y azul. Ya no se escucha ni un rumor. Todos los sonidos de la noche han ido desapareciendo. Duermen los grillos, calla el pajonal, se silencia el río. El viento mismo es algo ausente. El aire, inmóvil. Sobre los montes costeros vagan, como mortajas, extraños tonos morados, lilas. Ya lo saben el hombre y el paisaje… ha partido el trovador… se ha callado su guitarra estrellera…
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¿Me corrigen este texto poético). Comas, puntos y comas y algún otro error que encuentren?. Gracias. En el filo de las islas se ha degollado la tarde. Las sombras van devorando los detalles, pero sobre la línea de los lejanos alisos y sauces que retienen aún las claridades, resisten retacitos de luz. Los niños miran, cantan, juegan y tejen anhelos y quimeras; los viejos observan el cielo y las nubes, averiguan en ellas el tiempo que hará mañana. Poco a poco, la costa se va poblando de estremecimientos. Se insinúa la sinfonía del ocaso con un adagio a cargo de las guitarras invisibles del pajonal; luego la melodía se afirma en la flauta chillona de los grillos que dialogan con el rumor de los montes. Los ceibos se desangran por unir su canto al concierto ribereño. Hay angustia en la ribera. El río, viejo cantor, el que andaba y andaba… ha detenido un poco sus pasos. Se va la tarde con el silencio triste de los espineleros, con el rumor de una canción de cuna montielera, con el canto tristón de los crespines. Los sonidos del ocaso recorren todos los matices, desde el crescendo de los sauzales hasta el canto monótono y fresco del río al pasar. Toda la tierra respira un largo y poderoso aliento de tristeza. Las manos de los pescadores están cansadas y olorosas; vuelven con los remos y las redes en el hombro y con la tristeza en el alma. En el cielo han visto un reventón de estrellas, parece que colgaran en ese azulado todas las espuelas de aquellos gauchos que conoció en la estancia de su tío Manuel allá en “El Yeso” y que llenaron de luz su vida. El crepúsculo que se acerca a pasos agigantados engendrará pesares y calmará fatigas. Un último “caserito” pasa en tajante vuelo, como un cacharro con alas. Lo demás, ya es pura sombra, buena y azul. Ya no se escucha ni un rumor. Todos los sonidos de la noche han ido desapareciendo. Duermen los grillos, calla el pajonal, se silencia el río. El viento mismo es algo ausente. El aire, inmóvil. Sobre los montes costeros vagan, como mortajas, extraños tonos morados, lilas. Ya lo saben el hombre y el paisaje… ha partido el trovador… se ha callado su guitarra estrellera…
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